Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Esmeralda palideció y bajó de la picota titubeando. La voz de la reclusa continuaba persiguiéndola:
—¡Baja, baja, ladrona de Egipto! ¡Ya volverás a subir!
«La Sachette sigue con sus manÃas», dijo el pueblo murmurando, y ahà quedó todo. Pues esa clase de mujeres suscitaba temor, lo cual las hacÃa sagradas. En aquel entonces nadie gustaba de meterse con quien rezaba dÃa y noche.
HabÃa llegado el momento de llevarse a Quasimodo. Lo desataron y la muchedumbre se dispersó.
Cerca del Grand-Pont, Mahiette, que regresaba con sus dos compañeras, se detuvo bruscamente:
—Por cierto, Eustache, ¿qué has hecho con la torta?
—Madre —respondió el niño—, mientras hablabais con esa dama que estaba en el agujero, un gran perro ha mordido la torta. Asà que yo he hecho lo mismo.
—¿Cómo, señorito? —dijo la madre—. ¿Os la habéis comido toda?
—Madre, ha empezado el perro. Yo le he dicho que no lo hiciera, pero no me ha hecho caso. ¡Asà que yo también he dado unos mordiscos!