Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Hoy será más bonito —intervino finalmente su interlocutor, que parecÃa escucharlas con impaciencia.
—¿Nos prometéis que este misterio va a ser bonito? —dijo Gisquette.
—¡Por supuesto! —respondió él, antes de añadir con cierta ampulosidad—: Señoritas, yo soy su autor.
—¿De verdad? —dijeron las jóvenes, pasmadas.
—De verdad —respondió el poeta pavoneándose ligeramente—. Es decir, los autores somos dos: Jean Marchand, que ha serrado las tablas y construido la estructura del escenario y todo el entablado, y yo, que he escrito la obra. Me llamo Pierre Gringoire.
El autor del Cid no habrÃa dicho con más orgullo: «Pierre Corneille».
Nuestros lectores habrán podido advertir que ya debÃa de haber transcurrido cierto tiempo desde el momento en que Júpiter se habÃa metido bajo el tapiz hasta el instante en que el autor de la nueva moralidad habÃa revelado de forma tan súbita su identidad, ante la ingenua admiración de Gisquette y Liénarde. Y, cosa extraordinaria, toda esa multitud, unos minutos antes tan tumultuosa, esperaba ahora con indulgencia, confiando en la palabra del comediante; lo que demuestra esa verdad eterna y verificada a diario en nuestros teatros, según la cual la mejor manera de hacer esperar pacientemente al público es asegurarle que la función va a empezar de inmediato.