Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Y para refrescar a los que pasaban —continuó Gisquette—, de la fuente manaban por tres bocas distintas vino, leche e hipocrás, de los que bebÃa quien querÃa.
—Y un poco más abajo del Ponceau —prosiguió Liénarde—, en la Trinidad, habÃa una pasión con personajes que no hablaban.
—¡SÃ, la recuerdo! —dijo Gisquette—. Dios en la cruz, y los dos ladrones a derecha e izquierda.
Llegadas a este punto, las jóvenes charlatanas, excitadas al recordar la entrada del legado, se pusieron a hablar a la vez.
—Y antes, en la Porte-aux-Peintres, habÃa otras personas lujosamente vestidas.
—¡Y en la fuente Saint-Innocent, aquel cazador que perseguÃa a una cierva con gran estruendo de perros y trompas de caza!
—¡Y en el matadero de ParÃs, aquellos cadalsos que representaban la Bastilla de Dieppe!
—Y cuando pasó el legado, se abalanzaron y les cortaron el cuello a todos los ingleses, ¿verdad, Gisquette?
—¡Y junto a la puerta del Châtelet habÃa personajes muy distinguidos!
—¡Y en el Pont-au-Change, que estaba todo tapizado por encima!
—Y cuando pasó el legado, soltaron sobre el puente más de doscientas docenas de toda clase de pájaros. Era precioso, ¿verdad, Liénarde?