Nuestra Señora de París

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—¿No es entonces la misma que dieron hace dos años —preguntó Gisquette—, el día de la llegada del señor legado, en la que intervenían tres muchachas que hacían de…?

—De sirenas —dijo Liénarde.

—Y que iban completamente desnudas —añadió el joven.

Liénarde bajó púdicamente los ojos. Gisquette la miró e hizo lo mismo.

—Era muy agradable a la vista —prosiguió el joven, sonriendo—. Lo de hoy es una moralidad escrita especialmente para la doncella de Flandes.

—¿Cantarán pastorelas? —preguntó Gisquette.

—¡Ni pensarlo! —respondió el desconocido—. ¡En una moralidad! No hay que confundir los géneros. Si fuera una sotía, entonces sí.

—Lástima —repuso Gisquette—. Aquel día había en la fuente del Ponceau hombres y mujeres salvajes que luchaban y adoptaban diferentes posturas cantando breves motetes y pastorelas.

—Lo apropiado para un legado —dijo en un tono bastante seco el desconocido— no lo es para una princesa.

—Y junto a ellos —intervino Liénarde—, rivalizaban varios instrumentos de sonido grave que ofrecían grandes melodías.


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