Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Oh, nada en absoluto! —respondió Gisquette.
—Nada —confirmó Liénarde.
El joven alto y rubio dio un paso atrás para retirarse, pero las dos curiosas no querÃan soltar la presa.
—Micer —se apresuró a decir Gisquette, con el Ãmpetu de una esclusa que se abre o de una mujer que toma una decisión—, ¿conocéis a ese soldado que va a interpretar el papel de la Virgen en el misterio?
—¿Queréis decir el papel de Júpiter? —preguntó el desconocido.
—¡SÃ, claro! —contestó Liénarde—. ¡Será tonta…! ¿Conocéis, entonces, a Júpiter?
—¿A Michel Giborne? SÃ, señora —respondió el desconocido.
—¡Lleva una barba soberbia! —dijo Liénarde.
—¿Será bonito lo que van a decir ahà arriba? —preguntó tÃmidamente Gisquette.
—Muy bonito —respondió el desconocido sin la menor vacilación.
—¿Qué será? —preguntó Liénarde.
—El buen juicio de la Virgen. Una moralidad, señora.
—¡Ah!, eso cambia la cosa —dijo Liénarde.
Siguió un breve silencio que el desconocido rompió:
—Es una moralidad completamente nueva, que aún no se ha representado.