Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Sin embargo, el personaje desconocido que tan mágicamente habÃa trocado «la tempestad en bonanza», como dice nuestro querido amigo Corneille, habÃa regresado con modestia a la penumbra del pilar, y sin duda allà habrÃa permanecido, invisible, inmóvil y mudo como antes, si no lo hubieran sacado dos muchachas que, situadas entre la primera fila de espectadores, habÃan asistido a su breve coloquio con Michel Giborne-Júpiter.
—Magistrado… —dijo una de ellas, haciéndole señas para que se acercara.
—Callad, querida Liénarde —dijo su compañera, una joven guapa, lozana y perfectamente endomingada—. No es un clérigo, sino un laico; luego no hay que llamarle magistrado, sino micer.
—Micer… —dijo Liénarde.
El desconocido se acercó a la balaustrada.
—¿Qué queréis de mÃ, señoritas? —preguntó con solicitud.
—¡Oh, nada! —dijo Liénarde muy turbada—. Es mi amiga Gisquette la Gencienne quien desea hablar con vos.
—¡No, no! —repuso Gisquette, ruborizándose—. Es que Liénarde os ha llamado magistrado y yo le he indicado que debÃa decir micer.
Las dos jóvenes bajaban la vista. El otro, que estaba deseando entablar conversación, las miraba sonriendo.
—Entonces, ¿no tenéis nada que decirme, señoritas?