Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Todos los días, una hora antes de la puesta del sol, el arcediano subía la escalera de la torre y se encerraba en esa celda, donde pasaba a veces noches enteras. Aquel día, en el momento en que, una vez ante la puerta del cubículo, metía en la cerradura la pequeña y complicada llave que llevaba siempre en la escarcela colgada en su costado, un ruido de pandereta y castañuelas había llegado a sus oídos. El ruido procedía de la plaza del Atrio. La celda, ya lo hemos dicho, solo tenía una lucera que daba a la grupa de la iglesia. Claude Frollo había sacado precipitadamente la llave y unos instantes después estaba en la cúspide de la torre, en la actitud sombría y de recogimiento en que las jóvenes lo habían visto.

Se hallaba allí, serio, inmóvil, absorto en una contemplación y en un pensamiento. Todo París estaba a sus pies, con las mil flechas de sus edificios y su horizonte circular de suaves colinas, con su río que serpentea bajo los puentes y su pueblo que ondula por las calles, con la nube de humo de sus chimeneas, con la cadena montañosa de sus tejados que aprisiona a Notre-Dame entre sus eslabones reforzados. Pero de toda la ciudad el arcediano solo miraba un punto del empedrado: la plaza del Atrio; de toda la multitud, solo una figura: la gitana.


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