Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Habría resultado difícil decir de qué naturaleza era esa mirada y de dónde procedía la llama que despedía. Era una mirada fija, y sin embargo llena de desazón y de turbulencia. Y a juzgar por la profunda inmovilidad de todo su cuerpo, apenas agitado a intervalos por un escalofrío maquinal, como un árbol por el viento, a juzgar por la rigidez de sus codos, más marmóreos que la balaustrada en la que se apoyaban, viendo la sonrisa petrificada que contraía su rostro, se habría dicho que en Claude Frollo los ojos eran lo único que quedaba con vida.
La gitana bailaba. Hacía girar la pandereta con la punta del dedo y la lanzaba al aire bailando zarabandas provenzales; ágil, ligera, alegre y sin sentir el peso de la terrible mirada que caía a plomo sobre su cabeza.
La gente bullía a su alrededor; de vez en cuando, un hombre ataviado con una ridícula casaca amarilla y roja hacía formar un círculo, volvía a sentarse en una silla a unos pasos de la bailarina y apoyaba la cabeza de la cabra sobre sus rodillas. Ese hombre parecía ser el compañero de la gitana. Claude Frollo, desde el punto elevado donde estaba situado, no podía distinguir sus facciones.
Desde el momento en que el arcediano vio a aquel desconocido, su atención pareció repartirse entre la bailarina y él, y su semblante se tornó cada vez más sombrío. De pronto se irguió y un temblor recorrió todo su cuerpo: