Nuestra Señora de París

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—¿Quién será ese hombre? —dijo entre dientes—. ¡Siempre la había visto sola!

Entonces se adentró de nuevo bajo la bóveda tortuosa de la escalera en espiral y bajó. Al pasar ante la puerta del carillón, que estaba entreabierta, vio algo que le sorprendió, vio a Quasimodo asomado a una abertura de esos colgadizos de pizarra que parecen enormes celosías, mirando también la plaza. Se hallaba absorto en una contemplación tan profunda que no se percató del paso de su padre adoptivo. Su ojo salvaje tenía una expresión singular. Era una mirada cautivada y dulce.

—¡Esto sí que es raro! —murmuró Claude—. ¿Será a la egipcia a quien mira así?

El preocupado arcediano siguió bajando. Al cabo de unos minutos salió a la plaza por la puerta situada al pie de la torre.

—¿Qué ha sido de la gitana? —preguntó, mezclándose con el grupo de espectadores que la pandereta había congregado.

—No lo sé —respondió uno de ellos—, acaba de desaparecer. La han llamado desde esa casa de ahí enfrente y supongo que habrá ido allí a bailar un fandango.


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