Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En lugar de la egipcia, sobre aquella misma alfombra cuyos arabescos se borraban poco antes bajo el dibujo caprichoso de su danza, el arcediano solo vio al hombre de rojo y amarillo, quien, para ganarse también unas monedas, se paseaba alrededor del círculo con los codos apoyados en las caderas, la cabeza echada hacia atrás, la cara congestionada y el cuello estirado, sosteniendo una silla entre los dientes. Sobre esa silla, el hombre había atado a un gato que le había prestado una vecina y que gruñía aterrorizado.
—¡Por Notre-Dame! —exclamó el arcediano en el momento en que el saltimbanqui, sudando a mares, pasó por delante de él con su pirámide de silla y gato—. ¿Qué hace aquí maese Pierre Gringoire?
La voz severa del arcediano sobresaltó al pobre diablo de tal forma que perdió el equilibrio con todo su edificio, y silla y gato cayeron juntos sobre la cabeza de los asistentes, en medio de un griterío interminable.
Probablemente maese Pierre Gringoire (pues no era otro) habría tenido que saldar una enojosa cuenta con la vecina del gato, y con todas las caras contusas y arañadas que lo rodeaban, si no se hubiera apresurado a aprovechar el tumulto para refugiarse en la iglesia, adonde Claude Frollo le había indicado por señas que lo acompañara.