Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La catedral estaba ya oscura y desierta. Las naves laterales se hallaban sumidas en las tinieblas y las lámparas de las capillas empezaban a brillar, tal era la negrura que invadía las bóvedas. Tan solo el gran rosetón de la fachada, cuyos mil colores estaban bañados por un rayo de sol horizontal, resplandecía en la penumbra como un puñado de diamantes y reflejaba en el otro extremo de la nave su espectro deslumbrador.
Cuando hubieron dado unos pasos, don Claude apoyó la espalda en un pilar y miró a Gringoire fijamente. Esa mirada no era la que Gringoire temía, avergonzado como estaba de haber sido sorprendido por una persona docta y circunspecta con aquel traje de farandulero. La mirada del sacerdote no tenía ni rastro de burla ni ironía; era seria, tranquila y penetrante. El arcediano fue quien rompió el silencio.
—Venid acá, maese Pierre. Tenéis que explicarme muchas cosas. Para empezar, ¿a qué se debe que no os haya visto desde hace casi dos meses y que os encuentre en la calle con tan elegante indumentaria, amarilla y roja como una manzana?