Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Micer —dijo, compungido, Gringoire—, es en verdad un prodigioso atavÃo, y me hace sentir más avergonzado que un gato con una calabaza por sombrero. Está muy mal, me doy cuenta de ello, exponer a los señores soldados de la guardia a aporrear bajo esta casaca el húmero de un filósofo pitagórico. Pero ¿qué queréis, reverendo maestro? La culpa la tiene mi antiguo jubón, que me abandonó cobardemente a comienzos del invierno con el pretexto de que se caÃa a trozos y necesitaba ir a descansar al cesto del trapero. ¿Qué podÃa hacer? La civilización no ha avanzado aún hasta el punto de que podamos ir completamente desnudos, como querÃa el antiguo Diógenes. Añadid a esto que soplaba un viento muy frÃo, y no es precisamente el mes de enero el más indicado para intentar que la humanidad dé ese nuevo paso con éxito. El caso es que apareció esta casaca. La cogà y dejé en su lugar mi vieja ropilla negra, la cual, para un hermético como yo, estaba muy poco herméticamente cerrada. Héteme aquÃ, pues, vestido de histrión, como san Ginés. ¿Qué queréis? Es un eclipse. El propio Apolo cuidó cerdos en casa de Admeto.
—¡Buen oficio os habéis buscado! —replicó el arcediano.