Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Reconozco, maestro, que es mejor filosofar y poetizar, soplar la llama en el fogón o recibirla del cielo que andar por las calles llevando gatos. Por eso cuando me habéis llamado me he quedado más parado que un asno delante de un asador. Pero ¿qué queréis, micer? Hay que vivir todos los dÃas, y los más bellos versos alejandrinos no equivalen entre los dientes a un trozo de queso de Brie. Yo escribà para Margarita de Flandes aquel famoso epitalamio que conocéis y la ciudad no me lo paga con la excusa de que no era excelente, como si se pudiera dar por cuatro escudos una tragedia de Sófocles. Iba, pues, a morirme de hambre. Afortunadamente, me he encontrado un poco fuerte en lo tocante a mandÃbula, asà que le he dicho a la mandÃbula: haz demostraciones de fuerza y de equilibrio y aliméntate tú misma, ale te ipsam. Un montón de mendigos que se han hecho buenos amigos mÃos me han enseñado veinte clases de trucos hercúleos, y ahora doy todas las noches a mis dientes el pan que se han ganado durante el dÃa con el sudor de mi frente. Aun asÃ, concedo, admito que es un triste empleo de mis facultades intelectuales y que el hombre no está hecho para pasarse la vida tocando la pandereta y mordiendo sillas. Pero, reverendo maestro, no basta con pasar la vida, hay que ganársela.
Don Claude escuchaba en silencio. De pronto en sus ojos hundidos apareció una expresión tan sagaz y penetrante que Gringoire se sintió, por asà decirlo, escudriñado hasta el fondo del alma por aquella mirada.