Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Muy bien, maese Pierre, pero ¿por qué razón os encontráis ahora en compañÃa de esa bailarina de Egipto?
—¡Repámpanos! —dijo Gringoire—. Porque ella es mi mujer y yo soy su marido.
La mirada tenebrosa del sacerdote se encendió.
—¿Eso has hecho, miserable? —gritó, asiendo con furia a Gringoire por el brazo—. ¿Te ha abandonado Dios hasta el punto de poner las manos sobre esa joven?
—Os juro por mi parte de paraÃso, monseñor —repuso Gringoire temblando de arriba abajo—, que jamás la he tocado, si es eso lo que os inquieta.
—¿Qué dices entonces de marido y mujer? —preguntó el sacerdote.
Gringoire se apresuró entonces a contarle lo más sucintamente posible todo lo que el lector ya sabe, su aventura en la Corte de los Milagros y su matrimonio del cántaro roto. Al parecer, ese matrimonio no habÃa tenido aún un desenlace, pues la gitana seguÃa escamoteándole la noche de bodas igual que habÃa hecho el primer dÃa.
—Es una contrariedad —dijo al terminar la narración de los hechos—, pero eso obedece a que he tenido la desgracia de desposar a una virgen.
—¿Qué queréis decir? —preguntó el arcediano, que se habÃa apaciguado gradualmente escuchando el relato.