Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Es bastante difÃcil de explicar —respondió el poeta—. Se trata de una superstición. Mi mujer es, por lo que me ha dicho un viejo ratero al que entre nosotros llamamos el duque de Egipto, una niña abandonada, o perdida, que para el caso es lo mismo. Lleva en el cuello un amuleto que aseguran que le permitirá un dÃa encontrar a sus padres, pero que perderÃa su virtud si la joven perdiera la suya. La consecuencia de eso es que los dos acabamos siendo muy virtuosos.
—Entonces —dijo don Claude, cuyo semblante se serenaba por momentos—, ¿vos creéis, maese Pierre, que esa joven no ha sido tocada por hombre alguno?
—¿Qué queréis que haga un hombre ante una superstición, don Claude? Ella tiene eso metido en la cabeza. Considero que semejante mojigaterÃa de monja que resiste ferozmente entre esas muchachas bohemias tan fáciles de domar es con toda seguridad una rareza. Pero dispone de tres cosas para protegerse: el duque de Egipto, que la ha tomado bajo su custodia, esperando quizá venderla a algún abad; toda su tribu, que le profesa una veneración singular, como si fuera una Virgen; y un puñalito que la barbiana lleva siempre escondido en alguna parte, pese a las órdenes del preboste, y que aparece en sus manos en cuanto la coges por la cintura. ¡Es una avispa furiosa, vamos!
El arcediano acribilló a Gringoire a preguntas.