Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Esmeralda era, según el buen entender de Gringoire, una criatura inofensiva y encantadora, guapa salvo cuando hacía un mohín que le era muy propio; una muchacha ingenua y apasionada, ignorante de todo y apasionada por todo, desconocedora aún, incluso en sueños, de la diferencia entre una mujer y un hombre, loca sobre todo por la danza, por el ruido, por el aire libre; una especie de mujer abeja, que tenía alas invisibles en los pies y vivía en un torbellino. Debía esta naturaleza a la vida errante que siempre había llevado. Gringoire se había enterado de que siendo muy pequeña había recorrido España y Cataluña, y llegado hasta Sicilia; creía incluso que había ido con la caravana de cíngaros de la que formaba parte al reino de Argel, país situado en Acadia, la cual limita por un lado con Albania y Grecia y por el otro con el mar de las Sicilias, que es el camino de Constantinopla. Los bohemios, decía Gringoire, eran vasallos del rey de Argel, en su calidad de jefe de la nación de los moros blancos. Lo que era seguro es que Esmeralda había venido a Francia desde Hungría siendo muy pequeña todavía. De todos esos países, la muchacha había traído jirones de jergas extrañas, canciones e ideas extranjeras que convertían su lenguaje en algo tan abigarrado como su vestimenta, medio parisina y medio africana. Por lo demás, la gente de los barrios que frecuentaba la quería por su alegría, por su amabilidad, por su viveza, por sus bailes y por sus canciones. Ella creía que en toda la ciudad solo la odiaban dos personas, de las que hablaba a menudo con temor: la Sachette de la Tour-Roland, una horrible reclusa que sentía no se sabe qué rencor hacia las egipcias y maldecía a la pobre bailarina cada vez que pasaba ante su lucera, y un sacerdote que jamás se cruzaba con ella sin dirigirle miradas y palabras que le daban miedo. Esta última circunstancia turbó sobremanera al arcediano, aunque Gringoire no prestó demasiada atención a ello; habían bastado dos meses para hacer olvidar al despreocupado poeta los detalles singulares de la noche en que había conocido a la egipcia y la presencia del arcediano en todo aquel incidente. Al fin y al cabo, la pequeña bailarina no tenía nada que temer; no decía la buenaventura, lo que la ponía a resguardo de esos procesos por magia tan frecuentemente incoados contra las gitanas. Además, Gringoire hacía el papel de hermano, ya que no de marido. Después de todo, el filósofo soportaba muy pacientemente aquella especie de matrimonio platónico. Al menos le proporcionaba cama y pan. Todas las mañanas salía de la truhanería, casi siempre con la egipcia, y la ayudaba a hacer su colecta de tarjas, blancas y otras monedas en las plazas; todas las noches regresaba con ella bajo el mismo techo, la dejaba encerrarse en su cuartito y se dormía profundamente. Una existencia muy dulce, bien mirado, decía, y muy propicia a la ensoñación. Además, en su alma y su conciencia, el filósofo no estaba muy seguro de estar perdidamente enamorado de la gitana. Quería a la cabra casi tanto como a ella. Era un animalito encantador, dulce, inteligente, espiritual, una cabra sabia. Nada más común en la Edad Media que esos animales sabios que despertaban el asombro general y que conducían con frecuencia a sus instructores a la hoguera. Sin embargo, las brujerías de la cabra de pezuñas doradas eran trucos muy inocentes. Gringoire se los explicó al arcediano, a quien esos detalles parecían interesar vivamente. Bastaba, en la mayoría de los casos, presentar la pandereta a la cabra de tal o cual manera para que ella hiciera la gracia deseada. La había adiestrado la gitana, que tenía para esas cosas una habilidad tan grande que no le habían hecho falta más de dos meses para enseñar a la cabra a escribir con letras sueltas la palabra «Phoebus».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker