Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Phoebus! —dijo el cura—. ¿Por qué Phoebus?
—No lo sé —respondió Gringoire—. Quizá sea una palabra que ella cree dotada de alguna virtud mágica y secreta. La repite a menudo a media voz cuando cree que está sola.
—¿Estáis seguro —insistió Claude con su mirada penetrante— de que es una simple palabra y no un nombre?
—¿Un nombre de quién? —dijo el poeta.
—¡Yo qué sé! —dijo el sacerdote.
—Os diré lo que yo imagino, micer. Estos bohemios son un poco guebros[89] y adoran al sol. De ahà lo de Phoebus.
—No me parece a mà tan claro como a vos, maese Pierre.
—Al fin y al cabo, a mà no me importa. Que masculle Phoebus todo lo que quiera. Lo que es seguro es que Djali me quiere ya tanto como ella.
—¿Quién es esa Djali?
—La cabra.
El arcediano apoyó el mentón en una mano y pareció quedarse un momento pensativo. De pronto se volvió bruscamente hacia Gringoire.
—¿Y me juras que no la has tocado?
—¿A quién? —dijo Gringoire—. ¿A la cabra?