Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —No, a esa mujer.
—¿A mi mujer? Os juro que no.
—¿Y estás a menudo a solas con ella?
—Una hora larga todas las noches.
Don Claude frunció el entrecejo.
—¡Oh! Solus cum sola non cogitabuntur orare Pater noster.[90]
—A fe mÃa que podrÃa rezar el Pater, y el Ave Maria, y el Credo in Deum patrem omnipotentem, sin que ella me prestara más atención que una gallina a una iglesia.
—Júrame por el vientre de tu madre —repitió el arcediano en un tono agresivo— que no has tocado a esa criatura ni con la punta del dedo.
—Lo jurarÃa también por la cabeza de mi padre, pues las dos cosas guardan más de una relación. Pero, reverendo maestro, permitidme a mà también una pregunta.
—Hablad, señor.
—¿Qué os importa a vos todo eso?
El pálido semblante del arcediano se tornó rojo como las mejillas de una jovencita. El sacerdote permaneció un momento sin responder.