Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Escuchad, maese Pierre Gringoire —dijo por fin, con una incomodidad manifiesta—, que yo sepa, todavÃa no estáis condenado. Me intereso por vos y deseo vuestro bien. Y el menor contacto con esa egipcia del demonio os harÃa vasallo de Satanás. Vos sabéis que el cuerpo es siempre lo que pierde al alma. ¡Pobre de vos si os acercáis a esa mujer! Eso es todo.
—Lo intenté una vez —dijo Gringoire, rascándose una oreja—. Fue el primer dÃa, pero me pinché.
—¿Tuvisteis semejante desvergüenza, maese Pierre?
El rostro del sacerdote se ensombreció de nuevo.
—En otra ocasión —continuó el poeta, sonriendo—, miré por el ojo de la cerradura antes de acostarme y vi en camisón a la dama más deliciosa que jamás haya hecho crujir la lona de una cama bajo sus pies desnudos.
—¡Vete al diablo! —gritó el cura con una mirada terrible, y, empujando por los hombros al asombrado Gringoire, se adentró dando grandes zancadas bajo las más oscuras arcadas de la catedral.