Nuestra Señora de París

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3 Las campanas

Desde la mañana de la picota, los vecinos de Notre-Dame habían creído observar que el entusiasmo campaneador de Quasimodo se había enfriado sobremanera. Antes se oían campanadas a cada momento, largos toques que duraban desde primas hasta completas, volteos para llamar a misa mayor, ricas gamas recorriendo las campanillas para una boda o un bautizo, y entremezclándose en el aire como un bordado de toda clase de sonidos encantadores. La vieja iglesia, vibrante y sonora, se hallaba en una perpetua alegría de campanas. Se percibía continuamente la presencia de un espíritu ruidoso y caprichoso que cantaba por todas aquellas bocas de cobre. Ahora ese espíritu parecía haber desaparecido. La catedral estaba taciturna y prefería guardar silencio. Las fiestas y los entierros tenían su toque escueto, seco y desnudo, lo que el ritual exigía, ni más ni menos. De la doble música de una iglesia, la del órgano dentro y la de la campana fuera, solo quedaba la del órgano. Se habría dicho que ya no había músico en el campanario. Sin embargo, Quasimodo seguía allí. ¿Qué le había sucedido? ¿Acaso la vergüenza y la desesperación de la picota permanecían aún en el fondo de su corazón? ¿Acaso los latigazos del torturador rebotaban interminablemente en su alma y la tristeza de semejante trato lo había extinguido todo en él, incluso su pasión por las campanas? ¿O bien es que Marie tenía una rival en el corazón del campanero de Notre-Dame, y que la campana mayor y sus catorce hermanas eran descuidadas por algo más amable y más bello?


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