Nuestra Señora de París

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Sucedió que en aquel gracioso año 1482 cayó la Anunciación en un martes 25 de marzo. Ese día el aire era tan puro y ligero que Quasimodo sintió renacer cierto amor por sus campanas. Subió, pues, a la torre septentrional mientras abajo el sacristán abría de par en par las puertas de la iglesia, que eran a la sazón unos enormes paneles de madera maciza forrados de cuero, ribeteados de clavos de hierro dorado y rodeados de esculturas «muy artificialmente elaboradas».

Una vez en el alto hueco del campanario, Quasimodo miró un rato, moviendo tristemente la cabeza, las seis campanas, como si gimiera por algo extraño que se había interpuesto en su corazón entre ellas y él. Pero cuando las hubo puesto en movimiento, cuando sintió moverse aquel racimo de campanas bajo su mano, cuando vio subir y bajar la octava palpitante, pues no la oía, por aquella escala sonora como un pájaro que salta de rama en rama, cuando el diablo de la música, ese demonio que sacude un manojo chispeante de strette, de trinos y de arpegios, se hubo apoderado del pobre sordo, entonces se sintió nuevamente feliz, lo olvidó todo y su corazón, que se ensanchaba, hizo resplandecer su rostro.

Iba y venía, daba palmadas, corría de una cuerda a otra, animaba a los seis cantores con la voz y con el gesto, como un director de orquesta que espolea a unos virtuosos inteligentes.


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