Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El sacerdote que las jóvenes habían visto en lo alto de la torre septentrional asomado a la plaza y tan atento al baile de la gitana era, en efecto, el arcediano Claude Frollo.
Nuestros lectores no habrán olvidado la misteriosa celda que el arcediano se había reservado en esa torre. (No sé, dicho sea de paso, si no es la misma cuyo interior todavía hoy puede verse por una pequeña lucera cuadrada, abierta al levante a la altura de un hombre, en la plataforma desde la que se alzan las torres; un cuartucho, ahora desnudo, vacío y destartalado, cuyas paredes mal enlucidas están «decoradas» en estos momentos con unos horrendos grabados amarillentos que representan fachadas de catedrales. Supongo que murciélagos y arañas se disputan ese agujero para habitarlo y que, en consecuencia, se libra en él una doble guerra de exterminio contra las moscas.)