Nuestra Señora de París

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«¡Ese es el secreto!», pensó Flor de Lis.

Pero el grito de la niña había atraído la atención de todos, de la madre, de las jóvenes, de la gitana y del oficial.

La gitana vio la tontería que acababa de hacer la cabra. Se puso roja, después pálida, y se echó a temblar como si fuera culpable de un delito ante el capitán, que la miraba con una sonrisa de satisfacción y de sorpresa.

—¡Phoebus! —murmuraban las jóvenes, estupefactas—. ¡Es el nombre del capitán!

—¡Tenéis una memoria excelente! —dijo Flor de Lis a la gitana, que se había quedado petrificada—. ¡Oh! —balbució, estallando en sollozos y tapándose la cara con sus bellas manos—. ¡Es una maga!

Pero oía una voz todavía más amarga decirle en el fondo del corazón: «¡Es una rival!».

La muchacha se desvaneció.

—¡Hija mía! ¡Hija mía! —gritó la madre, espantada—. ¡Vete, gitana del infierno!

Esmeralda recogió en un abrir y cerrar de ojos las malhadadas letras, hizo una seña a Djali y salió por una puerta mientras por otra se llevaban a Flor de Lis.

El capitán Phoebus, que se había quedado solo, dudó un momento entre las dos puertas y acabó decidiéndose por seguir a la gitana.


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