Nuestra Señora de París

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Desde hacía unos minutos, sin que nadie se fijara en ella, Bérangère había atraído a la cabra con un mazapán hasta un rincón de la sala. En un momento se habían hecho buenas amigas. La curiosa niña había desatado la bolsita que la cabra llevaba colgada del cuello, la había abierto y había vaciado sobre la estera su contenido. Era un alfabeto en el que cada letra estaba escrita en una pequeña tablilla de boj. En cuanto aquellos juguetes estuvieron extendidos sobre la estera, la niña vio con sorpresa que la cabra —uno de cuyos «milagros» debía de ser ese— separaba determinadas letras con su pata dorada y las disponía, empujándolas suavemente, en un orden particular. Al cabo de un instante, aquello compuso una palabra que la cabra parecía tener práctica en escribir, por lo poco que vaciló para formarla, y Bérangère exclamó de pronto, juntando las manos con admiración:

—¡Madrina Flor de Lis, mirad lo que la cabra acaba de hacer!

Flor de Lis se acercó y se estremeció. Las letras dispuestas en el suelo formaban esta palabra:

PHOEBUS

—¿Ha sido la cabra la que lo ha escrito? —preguntó con la voz alterada.

—Sí, madrina —respondió Bérangère.

Era imposible ponerlo en duda: la niña no sabía escribir.


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