Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Continuó vistiéndose muy atribulado. Una idea había acudido a su mente mientras se ataba los botines, pero al principio la rechazó; sin embargo, acudió de nuevo, y se puso el chaleco al revés, signo evidente de un violento combate interior. Al final, arrojó bruscamente el gorro al suelo y exclamó:
—¡Qué se le va a hacer! ¡Lo que tenga que ser será! Voy a ir a casa de mi hermano. Me ganaré un sermón, pero también me ganaré un escudo.
Se puso precipitadamente su casaca de abultadas hombreras, recogió el gorro y salió a la desesperada.
Bajó por la calle Harpe hacia la Cité. Al pasar por delante de la calle Huchette, el olor de aquellos admirables espetones girando sin cesar fue a cosquillearle el aparato olfativo y dirigió una mirada amorosa al ciclópeo asador que arrancó un día al franciscano Calatagirone esta patética exclamación:Veramente, queste rotisserie sono cosa stupenda! Pero Jehan no tenía con qué pagar y se adentró exhalando un profundo suspiro bajo el pórtico del Petit-Châtelet, enorme trébol doble de torres macizas que guardaba la entrada de la Cité.
Ni siquiera se entretuvo tirando una piedra al pasar, como era costumbre, a la miserable estatua de Périnet Leclerc, que había entregado el París de Carlos VI a los ingleses, crimen que su efigie, apedreada y embarrada la cara, ha expiado durante tres siglos en el cruce de las calles Harpe y Buci, como si de una picota eterna se tratase.