Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Sin embargo, en aquella multitud sobre la que las cuatro alegorÃas vertÃan a cuál más y mejor oleadas de metáforas, no habÃa un oÃdo más atento, un corazón más palpitante, un ojo más penetrante, un cuello más estirado que el ojo, el oÃdo, el cuello y el corazón del autor, del poeta, del buen Pierre Gringoire, que unos momentos antes no habÃa podido resistirse a la satisfacción de decir su nombre a dos guapas muchachas. HabÃa regresado a unos pasos de ellas, detrás de su pilar, y allà escuchaba, miraba, saboreaba. Los amables aplausos que habÃan acogido el comienzo de su prólogo resonaban todavÃa en sus entrañas, y se hallaba totalmente absorto en esa especie de contemplación extática con la que un autor ve salir una a una sus ideas de la boca del actor, entre el silencio de una vasta audiencia. ¡Digno Pierre Gringoire!
Nos pesa decirlo, pero este primer éxtasis no tardó en verse enturbiado. Apenas se habÃa acercado Gringoire a los labios esa embriagadora copa de alegrÃa y de triunfo cuando una gota de amargura la estropeó.