Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Un mendigo andrajoso que, perdido como estaba en medio del gentío, no podía hacer su recaudación, y que seguramente no había encontrado suficiente indemnización en los bolsillos de sus vecinos, había tenido la ocurrencia de encaramarse a algún lugar bien visible para atraer así las miradas y las limosnas. Había trepado, pues, durante los primeros versos del prólogo, apoyándose en los pilares del estrado reservado, hasta la cornisa que bordeaba la balaustrada en su parte inferior, y allí se había sentado, demandando la atención y la piedad de la multitud con sus harapos y una horrible llaga abierta en su brazo derecho. Por lo demás, no profería una sola palabra.
El silencio que guardaba dejaba avanzar el prólogo sin obstáculos, y ningún desorden apreciable se habría producido si la mala fortuna no hubiera querido que el estudiante Joannes divisara, desde lo alto de su pilar, al mendigo y sus gesticulaciones. Una risa incontenible se apoderó del jocoso muchacho, quien, sin importarle interrumpir el espectáculo y turbar el recogimiento general, exclamó alegremente:
—¡Mirad a ese enclenque que pide limosna!