Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Quienquiera que haya arrojado una piedra a una charca llena de ranas o haya disparado un tiro contra una bandada de pájaros puede hacerse una idea del efecto que produjeron aquellas palabras incongruentes en medio del silencio general. Gringoire se estremeció como si hubiera recibido una descarga eléctrica. El prólogo quedó interrumpido y todas las cabezas se volvieron de golpe hacia el mendigo, el cual, lejos de desconcertarse, vio en ese incidente una ocasión propicia para obtener una buena cosecha y se puso a decir con expresión doliente, entornando los ojos:
—¡Una caridad, por lo que más queráis!
—¡Por mi honor! —prosiguió Joannes—. ¡Pero si es Clopin Trouillefou! ¡Hola, hola! ¡Eh, amigo!, ¿acaso te molestaba la herida en la pierna y por eso te la has pasado al brazo?
Y mientras esto decÃa, lanzaba con la destreza de un mono una blanca en el mugriento sombrero que el mendigo tendÃa con su brazo herido. El mendigo recibió sin inmutarse la limosna y el sarcasmo, y continuó en un tono lastimero:
—¡Una caridad, por lo que más queráis!