Nuestra Señora de París

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Este episodio había distraído considerablemente a la audiencia, y un buen número de espectadores, con Robin Poussepain y todos los clérigos a la cabeza, aplaudía alegremente a ese dúo extravagante que acababan de improvisar, en medio del prólogo, el estudiante con su voz chillona y el mendigo con su imperturbable salmodia.

Gringoire estaba muy disgustado. Una vez repuesto de su estupor inicial, se desgañitaba ordenando a los cuatro personajes que estaban en el escenario, sin dignarse siquiera dirigir una mirada de desdén a los dos causantes de la interrupción:

—¡Continuad! ¡Qué diablos! ¡Continuad!

En ese momento notó que alguien le tiraba del borde del sobretodo; se volvió, no de muy buen talante, y tuvo que esforzarse bastante para lograr sonreír. Había que hacerlo, sin embargo. Era el bonito brazo de Gisquette la Gencienne, quien, pasándolo a través de la balaustrada, solicitaba de este modo su atención.

—Señor —dijo la joven—, ¿van a continuar?

—¡Por supuesto! —respondió Gringoire, bastante ofendido por la pregunta.

—En tal caso, micer, ¿tendríais la amabilidad de explicarme…?

—¿Lo que van a decir? —la interrumpió Gringoire—. ¡Pues escuchad!

—No —dijo Gisquette—, lo que han dicho hasta ahora.


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