Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Gringoire, como un hombre a quien le tocan una herida en carne viva, dio un respingo.
—¡Maldita niña tontaina y obtusa! —masculló entre dientes.
A partir de ese momento, Gisquette perdió todo interés para él.
Sin embargo, los actores habían obedecido sus órdenes, y el público, al ver que se ponían de nuevo a hablar, se había puesto de nuevo a escuchar, no sin haberse perdido infinidad de perlas en la suerte de soldadura que se llevó a cabo entre las dos partes de la obra tan bruscamente cortada. Amarga reflexión que Gringoire hacía en voz baja. Con todo, la tranquilidad se había restablecido poco a poco, el estudiante callaba, el mendigo contaba unas monedas que había en su sombrero y la obra había salido a flote.