Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Se trataba, en realidad, de una obra muy bella, de la que nos parece que todavía hoy se podría muy bien sacar partido haciendo algunos arreglos. La exposición, un poco larga y un poco vacía, es decir, conforme a las reglas establecidas, era sencilla, y Gringoire, en el cándido santuario de su fuero interno, admiraba su claridad. Como todo el mundo imaginará, los cuatro personajes alegóricos estaban un poco cansados después de haber recorrido medio mundo sin encontrar la manera de deshacerse convenientemente de su delfín de oro. Con este pretexto, elogio del maravilloso pez con mil delicadas alusiones al joven prometido de Margarita de Flandes, a la sazón tristemente recluido en Amboise y sin sospechar en absoluto que Trabajo y Clero, Nobleza y Mercancía acababan de dar la vuelta al mundo por él. El mencionado delfín, pues, era joven, era apuesto, era fuerte y, sobre todo (¡magnífico origen de todas las virtudes reales!), era hijo del león de Francia. Declaro que esta atrevida metáfora es admirable y que la historia natural del teatro, en un día de alegoría y de epitalamio real, no se asusta en modo alguno por un delfín hijo de un león. Precisamente esas raras y pindáricas mezcolanzas son una prueba de entusiasmo. No obstante, para dar también voz a la crítica, añadiremos que el poeta podría haber desarrollado esta bella idea en menos de doscientos versos. Cierto es que, por disposición del señor preboste, el misterio debía durar desde las doce del mediodía hasta las cuatro de la tarde, y que algo hay que decir. Por lo demás, el público escuchaba pacientemente.


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