Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Voy a ver! —se decÃa por el camino—. ¡Por todos los santos! ¡Tiene que ser algo curioso esa celda que mi reverendo hermano oculta igual que sus partes pudendas! Dicen que enciende cocinas infernales y cuece a fuego vivo la piedra filosofal. ¡Rediós! ¡Me importa a mà una higa la piedra filosofal! ¡PreferirÃa encontrar en su hornillo una tortilla de huevos de Pascua con tocino que la mayor piedra filosofal del mundo!
Cuando llegó a la galerÃa de las columnillas, se tomó un respiro y juró contra la interminable escalera por no sé cuántos millones de carretadas de diablos antes de reanudar su ascenso por la estrecha puerta de la torre septentrional, hoy cerrada al público. Momentos después de haber dejado atrás el habitáculo de las campanas, encontró un pequeño rellano practicado en un entrante lateral y, bajo la bóveda, una pequeña puerta ojival cuya enorme cerradura y cuyo poderoso armazón de hierro pudo observar por una tronera practicada enfrente, en la pared circular de la escalera. Quienes tengan hoy curiosidad por ver esa puerta la reconocerán por esta inscripción, grabada en letras blancas sobre la pared negra: ADORO A CORALIE, 1829. Firmado UGÈNE. «Firmado» figura en el texto.
—¡Uf! —dijo el estudiante—. Debe de ser aquÃ.
La llave estaba en la cerradura. La puerta, justo delante de él. La empujó despacio y asomó la cabeza por la abertura.