Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En las paredes había escritas muchas más leyendas, según era costumbre entre los herméticos; unas trazadas con tinta, otras grabadas con un punzón de metal. Por lo demás, letras góticas, letras hebreas, letras griegas y letras romanas aparecían mezcladas, las inscripciones proliferaban sin orden ni concierto, unas encima de otras, las más recientes tapando las más antiguas, todas enmarañadas como las ramas de un matorral, como picas en una batalla. Era, en efecto, una mezcla bastante confusa de todas las filosofías, de todas las fantasías, de todos los conocimientos humanos. Algunas destacaban sobre las demás como una bandera entre puntas de lanza. En la mayoría de los casos era una breve divisa latina o griega, de esas que tan bien formulaban en la Edad Media: Unde? inde?, Homo homini monstrum, Astra, castra, nomen, numen, Mε′γα βιβλι′ου, µε′γα κακο′ν, Sapere aude, Flat ubi vult, etcétera.[94] Algunas veces, una palabra desprovista de todo sentido aparente: Αναγκοϕαγíα, lo que quizá ocultaba una alusión amarga al régimen del claustro; otras, una sencilla máxima de disciplina clerical formulada en un hexámetro reglamentario: Coelestem dominum, terrestrem dicito domnum.[95] Había también passim de los grimorios hebreos, de los que Jehan, muy poco fuerte en griego, no entendía nada, y todo ello estaba salpicado por todas partes de estrellas, figuras humanas o de animales y triángulos que se intersecaban, lo que no contribuía poco a que la pared garrapateada de la celda pareciese una hoja de papel sobre la que un mono hubiera paseado una pluma cargada de tinta.