Nuestra Señora de París

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Jehan reconoció, pues, a su hermano. Pero la puerta se había abierto con tal lentitud que nada había advertido a don Claude de su presencia. El curioso estudiante aprovechó esta circunstancia para examinar a placer la celda durante unos instantes. Un ancho hornillo, en el que no se había fijado al principio, se encontraba a la izquierda del sillón, debajo de la lucera. El rayo de luz que penetraba por esa abertura atravesaba una telaraña redonda, la cual inscribía con gusto su delicado rosetón en la ojiva de la lucera y en cuyo centro el insecto arquitecto permanecía inmóvil como el cubo de aquella rueda de encaje. Sobre el hornillo se acumulaban desordenadamente toda clase de recipientes, vasijas de gres, retortas de cristal, matraces de carbón… Jehan observó suspirando que no había ninguna sartén. «¡Una triste batería de cocina!», pensó.

Además, tampoco había fuego, incluso parecía que no lo habían encendido desde hacía mucho. Una máscara de cristal, que Jehan descubrió entre los utensilios de alquimia y que sin duda servía para proteger el rostro del arcediano cuando elaboraba alguna sustancia peligrosa, estaba en un rincón, cubierta de polvo y como olvidada. Al lado había un fuelle no menos polvoriento, cuya tapa llevaba esta leyenda incrustada en letras de cobre: SPIRA, SPERA.[93]


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