Nuestra Señora de París

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Algo bastante parecido a la celda de Fausto se ofreció a la vista de Jehan cuando asomó la cabeza por la puerta entreabierta. Era igualmente un reducto sombrío y apenas iluminado. Había también un gran sillón y una gran mesa, compases, alambiques, esqueletos de animales colgados del techo, una esfera rodando por el suelo, hipocéfalos mezclados con tarros donde temblaban láminas de oro, calaveras sobre vitelas repletas de figuras y caracteres, gruesos manuscritos apilados, abiertos sin piedad por las quebradizas esquinas del pergamino, en fin, todas las porquerías de la ciencia, y por doquier, sobre ese batiburrillo, polvo y telarañas; pero no había ningún círculo de letras luminosas, ningún doctor en éxtasis contemplando la resplandeciente visión como el águila mira su sol.

La celda, sin embargo, no estaba desierta. Un hombre estaba sentado en el sillón e inclinado sobre la mesa. Jehan, al que este le daba la espalda, solo podía ver sus hombros y la parte posterior de su cabeza; pero no tuvo dificultades para reconocer aquella cabeza calva a la que la naturaleza había dado una tonsura eterna, como si hubiera querido marcar con un símbolo externo la irresistible vocación clerical del arcediano.



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