Nuestra Señora de París

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—Sí, Manu lo dice, y Zoroastro lo enseñaba, el sol nace del fuego, la luna del sol. El fuego es el alma del gran todo. Sus átomos elementales rebosan y fluyen incesantemente por el mundo en corrientes infinitas. En los puntos en que esas corrientes se entrecruzan en el cielo, producen la luz; en sus puntos de intersección en la tierra, producen el oro…. La luz, el oro, una misma cosa. Fuego en estado concreto… La diferencia de lo visible a lo palpable, del fluido al sólido para la misma sustancia, del vapor de agua al hielo. Nada más… Eso no son sueños…, es la ley general de la naturaleza… Pero ¿cómo hacer para extraer de la ciencia el secreto de esta ley general? ¡Esta luz que inunda mi mano es oro! ¡Vaya que sí! Esos mismos átomos dilatados según determinada ley, ¡no hay más que condensarlos según otra ley determinada…! ¿Cómo hacerlo…? Unos idearon sepultar un rayo de sol. Averroes…, sí, fue Averroes…, Averroes enterró uno bajo el primer pilar de la izquierda del santuario del Corán, en la gran mezquita de Córdoba; pero no se podrá abrir la fosa para ver si la operación ha sido un éxito hasta dentro de ocho mil años.

—¡Demonios! —dijo Jehan para sí—. ¡Sí que se hace esperar un escudo!



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