Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Desde hace algún tiempo —dijo con una sonrisa amarga—, fracaso en todos mis experimentos. La idea fija me posee y me marca el cerebro como un trébol de fuego. Ni siquiera he logrado descubrir el secreto de Casiodoro, cuya lámpara ardÃa sin mecha y sin aceite. ¡Y debe de ser sencillo!
—¡Maldición! —dijo Jehan entre dientes.
—¡… Basta, pues, con un solo miserable pensamiento para debilitar y enloquecer a un hombre! —continuó el sacerdote—. ¡Oh, cómo se reirÃa de mà Claude Pernelle, ella que no logró distraer ni un momento a Nicolas Flamel de la persecución de la gran obra! ¡Es increÃble! ¡Tengo en mis manos el martillo mágico de Zechielé! A cada golpe que desde el fondo de su celda daba el temible rabino sobre este clavo con este martillo, aquel de sus enemigos al que habÃa condenado, aunque estuviera a dos mil leguas, se hundÃa un codo en la tierra, que lo devoraba. El propio rey de Francia, por haber llamado desconsideradamente una noche a la puerta del taumaturgo, se hundió hasta las rodillas en el suelo de ParÃs… ¡Esto sucedió hace menos de tres siglos…! Pues bien, yo tengo el martillo y el clavo, y no son herramientas más formidables en mis manos que un mazo de tonelero en las manos de un cuchillero… Sin embargo, no se trata más que de encontrar la palabra mágica que pronunciaba Zechielé al golpear el clavo.
«¡Una fruslerÃa!», pensó Jehan.