Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Veamos, intentémoslo —prosiguió vivamente el arcediano—. Si lo consigo, veré surgir la chispa azul de la cabeza del clavo… ¡Emen-hetan! ¡Emen-hetan…! No es eso… ¡Sigeani! ¡Sigeani…! ¡Que este clavo abra la tumba a quienquiera que lleve el nombre de Phoebus…! ¡Maldición! ¡Otra vez, siempre, eternamente la misma idea!
Y arrojó el martillo con rabia. Después se hundió en el sillón y se inclinó sobre la mesa de tal modo que Jehan lo perdió de vista detrás del enorme respaldo. Durante unos minutos solo vio su mano convulsiva crispada sobre un libro. De repente, don Claude se levantó, cogió un compás y grabó en silencio en la pared, en letras mayúsculas, esta palabra griega:
'ANÃΓΚH
«Mi hermano está loco —se dijo Jehan—. HabrÃa sido mucho más sencillo escribir Fatum. No todo el mundo tiene la obligación de saber griego.»
El arcediano se sentó de nuevo en su sillón y apoyó la cabeza en las manos, como hace un enfermo al que le arde la frente.