Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El estudiante observaba sorprendido a su hermano. No sabía él, que ponía su corazón al descubierto, que no observaba ninguna ley en el mundo salvo la buena ley natural, que dejaba fluir libremente sus pasiones y cuyo lago de las grandes emociones estaba siempre seco a fuerza de practicar todas las mañanas nuevos desaguaderos, no sabía él con qué furia ese mar de las pasiones humanas fermenta y hierve cuando se le niega toda salida, cómo se acumula, cómo crece, cómo se desborda, cómo desgarra el corazón, cómo estalla en sollozos interiores y en sordas convulsiones hasta que rompe los diques y se sale del lecho. La envoltura austera y glacial de Claude Frollo, esa fría superficie de virtud escarpada e inaccesible, había engañado siempre a Jehan. El alegre estudiante nunca se había parado a pensar en la lava hirviente, furiosa y profunda que hay bajo la frente nevada del Etna.
No sabemos si tomó súbitamente conciencia de estas ideas, pero, pese a lo alocado que era, comprendió que había visto algo que no habría tenido que ver, que acababa de sorprender el alma de su hermano mayor en uno de sus aspectos más secretos y que era preciso que Claude no se enterase. Al ver que el arcediano había caído de nuevo en su inmovilidad inicial, retiró la cabeza muy despacio e hizo ruido de pasos detrás de la puerta, como alguien que llega y que advierte de su llegada.