Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Entrad! —dijo el arcediano desde el interior de la celda—. Os esperaba. He dejado expresamente la llave en la puerta. Entrad, maese Jacques.
El estudiante entró muy decidido. El arcediano, a quien tal visita incomodaba sobremanera en tal lugar, se revolvió en el sillón.
—¿Cómo? ¿Sois vos, Jehan?
—Una J al fin y al cabo —dijo el estudiante con su cara colorada, desvergonzada y alegre.
El rostro de don Claude habÃa recuperado su expresión severa.
—¿Qué venÃs a hacer aquÃ?
—Hermano —respondió el estudiante esforzándose en adoptar una actitud decente, piadosa y modesta, y dándole vueltas al gorro entre sus manos con un aire inocente—, venÃa a pediros…
—¿Qué?
—Un poco de moral, de la que ando muy necesitado.
Jehan no se atrevió a añadir en voz alta: «Y un poco de dinero, del que ando mucho más necesitado todavÃa». Esta última parte de la frase quedó inédita.
—¡Señor! —respondió el arcediano con frialdad—. Estoy muy descontento de vos.
—¡Ay! —suspiró el estudiante.