Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Don Claude hizo describir un cuarto de cÃrculo a su sillón y miró a Jehan fijamente.
—Me alegro mucho de veros.
Era un exordio temible. Jehan se preparó para recibir un duro golpe.
—Jehan, todos los dÃas me traen quejas de vos. ¿Qué es eso de una pelea en la que habéis contusionado a bastonazos a un pequeño vizconde llamado Albert de Ramonchamp?
—¡Oh! ¡Vaya cosa! —respondió Jehan—. ¡Un paje malintencionado que se divertÃa haciendo correr a su caballo por el arroyo para salpicar a los estudiantes!
—¿Quién es —preguntó el arcediano— un tal Mahiet Fargel, cuya túnica habéis rasgado? Tunicam dechiraverunt, dice la denuncia.
—¡Bah! ¡Una horrenda capa de Montaigu!
—La denuncia dice tunicam, no cappettam. ¿Sabéis latÃn?
Jehan no respondió.
—¡SÃ! —prosiguió el sacerdote meneando la cabeza—. Asà van los estudios y las letras ahora. La lengua latina apenas la entiende nadie, la siria es desconocida, el griego resulta tan odioso que no se considera ignorancia que los más doctos se salten una palabra griega sin leerla y que se diga: Graecum est, non legitur.[96]
El estudiante levantó resueltamente los ojos.