Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Sabéis que el provisor decidió que nuestras veintiuna casas dependÃan en pleno feudo del obispado y que solo podrÃamos rescatar ese derecho pagando al reverendo obispo dos marcos de plata dorada por valor de seis libras parisienses. Y esos dos marcos aún no he podido reunirlos, ya lo sabéis.
—Lo que yo sé es que necesito dinero —repitió Jehan por tercera vez.
—¿Y qué queréis hacer?
Esta pregunta hizo brillar un destello de esperanza en los ojos de Jehan, que volvió a adoptar su actitud mimosa y zalamera.
—Mirad, querido hermano Claude, yo no me dirigirÃa a vos con mala intención. No se trata de presumir en las tabernas con vuestros oncenos y de pasearme por las calles de ParÃs con caparazón de brocado de oro, acompañado de mi lacayo, cum meo laquasio. No, hermano, es para una obra de caridad.
—¿Qué obra de caridad? —preguntó Claude, un poco sorprendido.
—Dos amigos mÃos desearÃan comprar una canastilla para el niño de una pobre viuda haudriette. Es una obra de caridad. Costará tres florines, y yo quisiera poner el mÃo.
—¿Cómo se llaman vuestros dos amigos?
—Pierre l’Assommeur y Baptiste Croque-Oison.