Nuestra Señora de París

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—¡Hum! —dijo el arcediano—. Esos nombres armonizan tanto con una obra de caridad como una bombarda en un altar mayor.

Es indudable que Jehan había elegido muy mal los nombres de sus amigos, pero se dio cuenta demasiado tarde.

—Y además —prosiguió el sagaz Claude—, ¿qué canastilla es esa que vale tres florines? ¿Y para el hijo de una haudriette? ¿Desde cuándo las viudas haudriettes envuelven a sus mocosos en mantillas?

Jehan intentó otra vez romper el hielo.

—¡Está bien, sí! ¡Necesito dinero para ir a ver esta noche a Isabeau la Thierrye al Val-d’Amour!

—¡Miserable impuro! —exclamó el sacerdote.

—'Αναγνεια —dijo Jehan.

Esta cita, tomada por el estudiante, quizá con malicia, de la pared de la celda, produjo un efecto singular en el sacerdote. Este se mordió los labios, y el sonrojo apagó su cólera.

—Marchaos —le dijo a Jehan—. Estoy esperando a alguien.

El estudiante hizo otro intento.

—Hermano Claude, dadme al menos un sueldo parisiense para comer.

—¿Cómo lleváis las decretales de Graciano? —preguntó don Claude.


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