Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—He perdido los cuadernos.

—¿Cómo lleváis las humanidades latinas?

—Me han robado mi ejemplar de Horacio.

—¿Cómo lleváis a Aristóteles?

—¡Repámpanos! Hermano, ¿cuál es ese padre de la Iglesia que dijo que los errores de los herejes se han refugiado siempre entre las zarzas de la metafísica de Aristóteles? ¡Condenado Aristóteles! No quiero desgarrar mi religión con su metafísica.

—Jovencito —repuso el arcediano—, la última vez que vino el rey había en su séquito un hidalgo llamado Philippe de Comines, que llevaba bordada en la gualdrapa del caballo su divisa, sobre la cual os aconsejo que meditéis: Qui non laborat non manducet.[98]

El estudiante permaneció un momento en silencio, tocándose una oreja y mirando el suelo con expresión de enojo. De pronto se volvió hacia Claude con la viva presteza de una aguzanieves.

—Así que, mi buen hermano, ¿me negáis un sueldo parisiense para comprar un mendrugo en una tahona?

—Qui non laborat non manducet.

Ante esta respuesta del inflexible arcediano, Jehan se tapó la cara con las manos, como una mujer que se echa a llorar, y exclamó con una expresión de desesperación:


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