Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Οτοτοτοτοτοî!
—¿Qué significa eso, señor mÃo? —preguntó Claude, sorprendido por esa extravagancia.
—¡Cómo! —dijo el estudiante, levantando descaradamente hacia Claude unos ojos que acababa de restregarse con las manos para que estuvieran enrojecidos como si hubiese llorado—. ¡Es griego! Es un anapesto de Esquilo que expresa perfectamente el dolor.
Y se echó a reÃr de una forma tan graciosa y violenta que hizo sonreÃr al arcediano. ¡La culpa era de Claude, en efecto! ¿Por qué habÃa mimado tanto a ese chiquillo?
—Mi buen hermano Claude —prosiguió Jehan, envalentonado por aquella sonrisa—, mirad qué agujereados tengo los borceguÃes. ¿Hay coturno más trágico en el mundo que unos botines cuya suela saca la lengua?
El arcediano habÃa recobrado rápidamente su seriedad inicial.
—Os enviaré unos botines nuevos. Pero nada de dinero.
—Solo un miserable sueldo parisiense, hermano —insistió el suplicante Jehan—. Me aprenderé a Graciano de memoria, creeré en Dios, seré un verdadero Pitágoras de ciencia y de virtud, ¡pero dadme un sueldo parisiense, por favor! ¿Queréis que el hambre me muerda con su boca, que veo ahÃ, abierta, ante mÃ, más negra, más apestosa, más profunda que un Tártaro o que la nariz de un monje?