Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Don Claude negó con la cabeza.
—Qui non laborat…
Jehan no lo dejó terminar.
—¡Muy bien, pues al infierno! —exclamó—. ¡Viva la alegrÃa! ¡No saldré de las tabernas, buscaré pelea, lo romperé todo e iré con mujeres!
Y diciendo esto, lanzó el gorro contra la pared e hizo chascar los dedos como si fueran castañuelas.
El arcediano lo miró con una expresión sombrÃa.
—Jehan, no tenéis alma.
—En ese caso, según Epicuro, carezco de un no sé qué, hecho de algo que no tiene nombre.
—Jehan, hay que pensar seriamente en corregiros.
—¡Ah, vaya! —exclamó el estudiante, mirando alternativamente a su hermano y los alambiques del hornillo—. ¡Asà que aquà todo es retorcido, las ideas y los recipientes!
—Jehan, estáis en una pendiente muy resbaladiza, ¿sabéis adónde vais?
—A la taberna —dijo Jehan.
—La taberna conduce a la picota.
—Es una linterna como cualquier otra, y quizá con esta Diógenes habrÃa encontrado a su hombre.
—La picota conduce a la horca.