Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Mi buen hermano, ¿acaso me odiáis hasta el punto de ponerme mala cara por unas cuantas bofetadas y puñaladas repartidas en buena lid a no sé qué muchachos y arrapiezos, quibusdam marmosetis?[97] ¿Veis, mi buen hermano Claude, como sé latÃn?
Pero aquella acariciadora hipocresÃa no produjo en el severo hermano mayor el efecto acostumbrado. Cerbero no mordió el pastel de miel. De la frente del arcediano no desapareció ni una arruga.
—¿Adónde queréis ir a parar? —dijo en un tono seco.
—¡Bien, vayamos al grano! —contestó audazmente Jehan—. Necesito dinero.
Ante aquella descarada declaración, la fisonomÃa del arcediano adoptó totalmente la expresión pedagógica y paternal.
—Ya sabéis, Jehan, que nuestro feudo de Tirechappe solo reporta, contando el censo y las rentas de las veintiuna casas, treinta y nueve libras, once sueldos y seis dineros parisienses. Es la mitad más que en tiempos de los hermanos Paclet, pero no es mucho.
—Necesito dinero —dijo estoicamente Jehan.