Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Buenos dÃas, maese Jacques.
—¡Salud, maestro! —habÃa contestado el hombre de negro.
HabÃa en la manera en que fueron pronunciados, por una parte, aquel «maese Jacques», y por la otra, aquel «maestro» por excelencia, la misma diferencia que entre «monseñor» y «señor», la misma que entre domine y domne. Era, evidentemente, el trato entre doctor y discÃpulo.
—Y bien —dijo el arcediano tras un nuevo silencio que maese Jacques se guardó mucho de turbar—, ¿estáis teniendo éxito?
—Ay, maestro —respondió el otro con una sonrisa triste—, yo sigo soplando. Ceniza, toda la que quiero, pero ni un destello de oro.
Don Claude hizo un gesto de impaciencia.
—No me refiero a eso, maese Jacques Charmolue, sino al proceso de vuestro hechicero. Marc Cenaine lo llamáis, ¿no?, el sumiller del Tribunal de Cuentas. ¿Confiesa ya su magia? ¿Os ha sido útil la tortura?
—Por desgracia, no —respondió maese Jacques con la misma sonrisa triste—. No tenemos ese consuelo. Ese hombre es una roca. Lo mandaremos hervir en el Mercado de Cerdos antes de que haya dicho nada. Y sin embargo, no escatimamos ningún medio para llegar a la verdad. Ya está completamente descoyuntado. Le aplicamos todas las hierbas de San Juan, como dice el viejo cómico Plauto.