Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El personaje que entró llevaba un ropón negro y tenía el semblante sombrío. Lo que al primer golpe de vista llamó la atención de nuestro amigo Jehan (que, como todos nos imaginamos, se las había arreglado para colocarse en aquel hueco de tal manera que pudiera ver y oír todo a placer) fue la absoluta tristeza de las vestiduras y el rostro del recién llegado. Había, no obstante, cierta dulzura en aquella cara, pero una dulzura de gato o de juez, una dulzura empalagosa. Era muy canoso, estaba arrugado, rozaba los sesenta años, parpadeaba sin parar, tenía las cejas blancas, el labio inferior colgante y las manos grandes. Cuando Jehan se dio cuenta de que no era más que eso, es decir, sin duda un médico o un magistrado, y de que ese hombre tenía la nariz muy lejos de la boca, signo de necedad, se acurrucó en su agujero, desesperado de tener que pasar un tiempo indefinido en tan molesta postura y en tan mala compañía.
El arcediano ni siquiera se había levantado para recibir a este personaje. Le había indicado que se sentara en un escabel cercano a la puerta y, tras unos momentos de un silencio que parecía continuar una meditación anterior, le había dicho con cierta superioridad: