Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Maese Pierrat… maese Jacques, quiero decir, ocupaos de Marc Cenaine.
—SÃ, sÃ, don Claude. ¡Pobre hombre! Está sufriendo más que Mummol. ¡Pero qué ocurrencia, ir al aquelarre! ¡Un sumiller del Tribunal de Cuentas, que deberÃa conocer el texto de Carlomagno, Stryga vel masca…![102] En cuanto a esa joven…, Esmeralda la llaman…, esperaré vuestras órdenes… ¡Ah!, cuando pasemos bajo el pórtico, me explicaréis también lo que significa el jardinero pintado de un solo color que se ve al entrar en la iglesia. ¿No es el Sembrador…? Eh, maestro, ¿en qué estáis pensando?
Don Claude, abismado en sà mismo, ya no lo escuchaba. Charmolue, siguiendo la dirección de su mirada, vio que esta se habÃa clavado maquinalmente en la gran telaraña que cubrÃa la lucera. En ese momento, una mosca desorientada que buscaba el sol de marzo se lanzó contra aquella red y quedó atrapada. Al agitarse la tela, la enorme araña salió inmediatamente de su celda central, se precipitó de un salto sobre la mosca y la dobló por la mitad con las antenas delanteras mientras su repulsiva trompa le hurgaba la cabeza.
—¡Pobre mosca! —dijo el procurador del rey en la jurisdicción eclesiástica, levantando la mano para salvarla.
El arcediano, como despertado bruscamente, le retuvo el brazo con una violencia convulsiva.